Militares confiesan que el Ejército dejó correr la masacre de Barrancabermeja y rompieron el pacto de silencio tras 27 años

Tras 27 años de silencio, militares confesaron ante la JEP que hubo órdenes y omisiones que facilitaron la masacre de Barrancabermeja, un crimen contra civiles que hoy vuelve a sacudir al país. Las revelaciones desmontan la versión oficial y reavivan el rechazo a la impunidad.

La verdad que durante casi tres décadas se intentó sepultar bajo el miedo y el silencio empieza a salir a la luz con una fuerza devastadora. Militares que hicieron parte del Ejército Nacional decidieron confesar ante la JEP y romper el pacto de silencio que, según ellos mismos admiten, protegió a sus superiores y permitió uno de los crímenes más atroces del conflicto armado: la masacre de Barrancabermeja. Ya no se trata de rumores ni de sospechas históricas, sino de voces que, con nombres propios, reconocen que hubo órdenes, omisiones y una decisión consciente de no actuar mientras la población civil era asesinada y desaparecida.

La noche del 16 de mayo de 1998, cuando paramilitares de las Autodefensas de Santander y el Sur del Cesar irrumpieron en la comuna 7 en medio de un bazar comunitario, no fue una sorpresa para todos. Según las confesiones inéditas conocidas ahora, varios mandos del Batallón Nueva Granada sabían que hombres armados entrarían al barrio y, aun así, ordenaron no intervenir. Siete personas fueron asesinadas, al menos 25 secuestradas y 15 siguen desaparecidas, mientras las bases militares permanecieron inmóviles por órdenes superiores.

Uno de los testimonios más contundentes es el del mayor Oswaldo Prada Escobar, exjefe de inteligencia del batallón, quien reconoció que participó en reuniones previas a la masacre y que sabía que los “encapuchados” eran paramilitares. “Mi coronel me dijo: estos dos informantes van a hacer proselitismo, propaganda negra que van a entrar las Autodefensas y van a levantar a dos comandantes cabecillas… ahí dije, ah bueno mi coronel”, relató ante la JEP, admitiendo que calló durante años para proteger a la cúpula militar. Hoy, asegura que se cansó de tapar la verdad y decidió hablar.

Las confesiones también revelan que hubo órdenes explícitas para que los soldados no salieran de sus puestos mientras se ejecutaba la masacre. El capitán (r) Álvaro Enrique Daza Camargo admitió entre lágrimas que recibió la instrucción de quedarse quieto pese a saber que la población estaba siendo atacada. “No haga nada”, fue la orden que, según su testimonio, recibió un día antes y que cumplió la noche de la incursión. “Es la cara de la vergüenza que tengo yo… yo me disculpo con todos ustedes, señores de las víctimas, haber callado eso”, dijo ante los magistrados.

Estos relatos no solo exponen la gravedad de las omisiones, sino que desmontan cualquier intento de justificar estos hechos como simples errores operacionales. Lo ocurrido en Barrancabermeja fue una decisión criminal que encaja en la lógica de los falsos positivos y de la violencia ejercida contra civiles, una práctica que hoy vuelve a ser señalada y rechazada con fuerza. Los propios militares confesos reconocen que se trató de una traición a la población y a los principios que decían defender.

A este rompecabezas se suma el testimonio del capitán (r) Jorge Eduardo González, exsubjefe de seguridad de Ecopetrol en la ciudad, quien aceptó haber sido enlace entre la inteligencia militar y los paramilitares. “Ninguno esperábamos que fueran 25 los secuestrados y 7 los muertos… el objetivo no eran esas 25 víctimas”, afirmó, confirmando que la incursión fue planeada con conocimiento de sectores del Estado y que el control territorial estaba por encima de la vida humana.

La Fiscalía confirmó que existe un proceso activo por la Masacre de Barranca y que varios de los oficiales señalados han rendido declaración, aunque la sensación de impunidad persiste. Mientras algunos confesos han sido vinculados a la JEP, los máximos responsables aún no enfrentan condenas proporcionales a la gravedad de los hechos.

Lo que hoy sacude al país no es solo la dimensión del crimen, sino el peso de las confesiones. Militares que durante 27 años guardaron silencio decidieron hablar, admitir su responsabilidad y señalar a quienes dieron las órdenes. Sus voces reabren una herida que nunca cerró y refuerzan un mensaje contundente: los falsos positivos y la complicidad con estructuras criminales no pueden seguir siendo ocultados. La verdad, por dolorosa que sea, empieza a imponerse sobre el silencio, y las víctimas vuelven a exigir justicia frente a uno de los episodios más oscuros del conflicto colombiano.

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