Protesta brutal en Popayán: Arrastran el busto del abuelo de Paloma Valencia, Guillermo León Valencia, y regresa debate por memoria, tierras y poder de la élite

Popayán vivió un estallido simbólico cuando un colectivo de artistas arrastró el busto de Guillermo León Valencia, abuelo de Paloma Valencia, desatando un feroz debate sobre memoria, poder y la élite que aún domina la ciudad.

Popayán vivió una tarde explosiva cuando un colectivo de artistas y líderes sociales decidió hacer lo que por décadas muchos evitaban: poner de frente la memoria incómoda. En pleno centro histórico, arrastraron el busto del expresidente Guillermo León Valencia, abuelo de la senadora Paloma Valencia, desatando una tormenta política que ni la aristocracia caucana ni su descendencia vieron venir.

Las imágenes, que corrieron como pólvora el 25 de noviembre, mostraron cómo la estatua del exmandatario era jalada por las calles coloniales, justo frente a una de las casas de la tradicional familia Valencia. El acto, lejos de ser improvisado, hacía parte del Salón Nacional de Artistas y fue presentado como un “juicio espiritual” que buscaba enfrentar la historia desde la memoria de quienes por siglos fueron silenciados.

Según los realizadores, el performance no fue un simple gesto de irreverencia. “La obra, resultado de un proceso de investigación de varios años, según sus autores, busca cuestionar las narrativas tradicionales de poder en la ciudad”, explicaron, señalando que la intervención recreaba, a modo de justicia poética, la violencia cometida contra el líder indígena Manuel Quintín Lame.

El colectivo recordó que “el performance tenía como objetivo ‘resarcir la infamia’ de la que fue víctima Quintín Lame hace más de un siglo”, cuando registros históricos y memoria oral aseguran que fue arrastrado por esa misma vía “presuntamente bajo la mirada de Guillermo Valencia (padre del expresidente)”.

La escena fue, para muchos, una inversión histórica del dolor: esta vez no fue el indígena quien terminó humillado, sino la representación del político perteneciente a la casta que durante generaciones ha ostentado el poder regional. Los artistas lo dijeron sin rodeos: su intervención fue una denuncia directa a “la Casta Política y Terrateniente”, enfatizando en el linaje Valencia Muñoz, ligado a figuras coloniales violentas como Sebastián de Belalcázar e Ignacio Muñoz.

Pero el acto no solo tocó las fibras del pasado. En medio del recorrido, los manifestantes lanzaron duros señalamientos sobre la concentración de tierras en Popayán, denunciando que la familia Valencia mantiene un enorme poder territorial. Hablaron incluso de más de 850 hectáreas calificadas como “tierra ociosa” y recordaron casos históricos como la muerte de José Gonzalo Sánchez Chantre, mencionando una responsabilidad estructural de la élite payanesa en episodios de violencia.

Las arengas no dejaron bien parado al expresidente. Algunos participantes lo llamaron “carnicero”, mientras contrastaban su figura con la de su hermano, Álvaro Pío Valencia Muñoz, a quien exaltaron como la única excepción respetable dentro de ese legado familiar marcado por abusos de poder y dominación territorial.

Mientras el debate encendía las calles, la Alcaldía de Popayán corrió a publicar un comunicado en tono severo, rechazando la intervención. “La alcaldía de Popayán rechaza de manera categórica el acto de odio. Este monumento forma parte del patrimonio público y debe ser respetado… No al odio. No a la violencia. No al daño del patrimonio”, señalaba el texto oficial, buscando bajar la temperatura pero ignorando por completo el trasfondo histórico que motivó la acción.

El hecho también reavivó la disputa política entre quienes defienden a capa y espada el legado de Guillermo León Valencia, como su nieta, la senadora Paloma Valencia, y quienes sostienen que la ciudad debe dejar de cargar con los símbolos de una élite que aún hoy condiciona la vida social. No es menor recordar que la congresista ha salido en múltiples ocasiones en defensa de su abuelo y hasta enfrentó al propio presidente Gustavo Petro al decirle: “El presidente Valencia logró la Paz, usted con su receta de paz total nos sumió en la violencia”.

En Popayán, la ciudadanía está dividida: para unos, el arrastre del busto fue una afrenta intolerable; para otros, un acto necesario, un grito de justicia tardía que pone en evidencia que los tiempos cambiaron y que los símbolos de poder no pueden seguir intactos cuando la historia misma clama por revisión. Gracias a este performance, el debate sobre memoria, racismo, tierras, abuso de poder y privilegios familiares volvió a levantarse con fuerza en la ciudad blanca.

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