¡Abelardo convirtió a los muertos en trofeo! Su polémico paseo entre cadáveres desata una ola de rechazo e indignación nacional

Abelardo de la Espriella convirtió un operativo militar en una escena que desató indignación nacional. Apareció caminando entre cadáveres de presuntos disidentes abatidos en Guaviare, una puesta en escena cuestionada por congresistas y exmandatarios que advierten sobre la peligrosa espectacularización de la muerte desde el poder estatal colombiano.

La imagen golpea antes que cualquier cifra. Abelardo de la Espriella, vestido con prendas de tonalidad militar, caminando lentamente entre cadáveres cubiertos y armamento incautado, convierte el balance de una operación de la Fuerza Pública en una de las escenas más morbidas y cuestionadas de este Gobierno. La indignación se concentra en la decisión política y comunicativa de Abelardo de colocarse en medio de los muertos para mostrar resultados.

La escena corresponde a la Operación Azarías, desarrollada en Miraflores, Guaviare, contra una estructura de las disidencias de las Farc vinculada a Iván Mordisco. De acuerdo con el balance entregado, fueron 23 integrantes de la organización armada muertos, seis personas capturadas y un menor recuperado. Ese resultado operacional podía haber sido comunicado de múltiples maneras. De la Espriella optó por una puesta en escena donde las cámaras lo siguieron caminando entre los cuerpos.

Y ahí estalló la polémica. Se presentó la operación como un enorme triunfo militar. “Esta operación es un golpe letal para la banda liderada por el terrorista Iván Mordisco”, se aseguró. Las autoridades reportaron además la incautación de 28 fusiles, cuatro ametralladoras, tres pistolas, explosivos, granadas, cordón detonante y equipos de campaña. 

El problema para sus críticos y muchos ciudadanos en redes no fue solamente lo que dijo. Fue lo que decidió mostrar. Las cámaras enfocaron los cuerpos cubiertos cuando De la Espriella se refirió a uno de los muertos identificado como alias Tigre, presunto cabecilla de la organización. Las imágenes provocaron una reacción inmediata de diferentes dirigentes políticos que, incluso reconociendo el deber del Estado de enfrentar militarmente a los grupos armados, cuestionaron que los cadáveres fueran convertidos en parte del montaje comunicativo presidencial.

La representante María Fernanda Carrascal lanzó uno de los cuestionamientos más fuertes. “Un muerto sigue teniendo dignidad, incluso si fue nuestro enemigo”, afirmó. Carrascal advirtió que combatir organizaciones criminales no obliga al Estado a transformar sus muertos en trofeos. La congresista recordó además las obligaciones existentes en los conflictos armados respecto del tratamiento digno, recuperación e identificación de los cuerpos.

Su referencia histórica fue todavía más incómoda. La representante comparó la lógica del conteo de cadáveres con el denominado body count utilizado durante la guerra de Vietnam y recordó cómo Colombia ya conoció las consecuencias monstruosas de medir el éxito militar fundamentalmente mediante el número de bajas. Durante el escándalo de los falsos positivos, las presiones por resultados terminaron vinculadas al asesinato de civiles posteriormente presentados como combatientes muertos.

El senador Kevin Gómez Paz apuntó justamente hacia ese problema. “El éxito de la seguridad se mide en vidas salvadas”, afirmó. Su mensaje planteó una discusión que va mucho más allá de una pieza audiovisual. Un Gobierno puede celebrar la captura de cabecillas, la desarticulación de organizaciones armadas, la protección de comunidades o la recuperación territorial. Otra cosa es utilizar cadáveres como elemento visual para transmitir autoridad y contundencia.

La senadora Alejandra Omaña, fue incluso más lejos y calificó el episodio como una expresión de “necropolítica”. Según su crítica, el Gobierno estaría intentando otorgarle una estética a la muerte y convertirla en propaganda.

Y existe un antecedente imposible de ignorar. Solo días antes, otro bombardeo ejecutado el 27 de agosto en El Retorno, Guaviare, había dejado diez personas muertas. Medicina Legal confirmó posteriormente que tres eran menores de edad, dos tenían 15 años y uno 16.

Esa circunstancia hizo que las imágenes del nuevo operativo resultaran todavía más sensibles. El senador Ariel Ávila cuestionó directamente la estrategia visual del mandatario. “Vestir de verde oliva, pasearse en medio de cadáveres y exhibir la muerte no creo que le dé más popularidad, ni lo haga mejor estratega”, señaló.

La exalcaldesa de Bogotá Claudia López también rechazó el episodio y sostuvo que la fotografía mostraba falta de respeto hacia los muertos. El exsenador Gustavo Bolívar, por su parte, recordó que incluso la guerra tiene reglas y límites y que una persona muerta ya no representa una amenaza que justifique convertir su cuerpo en propaganda política.

El expresidente Gustavo Petro elevó todavía más el tono. “Esto se llama hacer de la muerte un trofeo”, escribió al reaccionar al video. Petro cuestionó especialmente que De la Espriella combine esta clase de escenificaciones con referencias religiosas y discursos alrededor de Cristo Rey.

La controversia resulta especialmente fuerte porque Colombia no observa estas imágenes desde un vacío histórico. El país carga décadas de conflicto armado, masacres, ejecuciones extrajudiciales, secuestros, reclutamiento de menores y miles de familias que todavía buscan cadáveres desaparecidos. Por eso una hilera de cuerpos nunca es simplemente una hilera de cuerpos.

Detrás de cada bolsa existe una identidad que debe establecerse, una familia que deberá recibir información y unas autoridades obligadas a determinar qué ocurrió. Incluso tratándose de integrantes de una organización armada ilegal, la muerte no elimina automáticamente los deberes humanitarios del Estado.

La Fuerza Pública tiene la obligación constitucional de enfrentar a estructuras que asesinan, secuestran, extorsionan, reclutan menores y someten territorios. Esa discusión es distinta a la forma en que el Gobierno decide convertir los resultados operacionales en comunicación política.

Y precisamente allí está el enorme cuestionamiento que dejó Abelardo de la Espriella. Una democracia puede ejercer legítimamente la fuerza sin celebrar visualmente la muerte. Puede derrotar militarmente a un enemigo sin transformar sus cadáveres en escenografía. Puede informar 23 bajas sin hacer que el presidente camine entre los muertos para demostrar poder.

Porque después de ver al jefe de Estado paseándose entre cuerpos para mostrar contundencia, Colombia vuelve a enfrentarse a una pregunta dolorosamente conocida. Qué clase de victoria pretende construir un país cuando necesita exhibir a los muertos.

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