El autoritarismo policial.

Diclaimer: En los últimos días el abuso policial y las protestas han sido el pan de cada día y el tema de opinión por antonomasia. Para esta semana estaba preparando la columna sobre los proyectos de ley para la legalización del cannabis y la coca; sin embargo, no podía dejar esta oportunidad para referirme a un tema tan álgido.
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A Javier Ordoñez lo mataron en la mañana del 9 de septiembre. En este caso, como en el de George Floyd en EE. UU, las redes sociales fueron las que encendieron las alertas de la ciudadanía que, al ver un video tan desgarrador, se desbandó a la indignación y la rabia contra el evidente abuso de la autoridad policial.

A partir de ahí todo se fue convulsionando tan rápido que era muy difícil para uno como ciudadano tratar de estar atento de todo y mucho más difícil para las autoridades actuar en consecuencia. Empezaron las protestas y con ellas un terror – y una masacre – que la ciudad no vivía desde el pasado 21N con el Paro Nacional.

Debo aceptar que a mí me afectó demasiado. Como a otros que vi en Twitter, me era imposible dormir sabiendo que a pocas cuadras de mi casa la policía estaba maltratando a alguien, que en algún lugar de la ciudad una persona recibía un disparo. Un amigo incluso me dijo que me alejara de las redes sociales, pero ¿cómo hace uno eso cuando tantas cosas están pasando? El sentimiento de impotencia de uno como ciudadano por el autoritarismo policial es terrible porque: ¿a quién se acude? ¿a los mismos victimarios para que lo protejan de uno de sus compañeros?

En realidad, lo que han revelado todas estas jornadas de protesta es que sus razones eran completamente ciertas: la policía es un cuerpo autoritario y sin límites. Los videos que han empezado a circular en las redes son la evidencia más clara de esto. Se pueden ver a policías utilizando indiscriminadamente armas de fuego violando todos los protocolos que se tienen para ello, a un policía con la chaqueta volteada para no ser identificado golpeando a las personas con un palo (replicando violencias paternalistas), entre otros abusos.

Sin embargo, tanto el gobierno nacional y los medios de comunicación ligados al poder se dedicaron, como ya es costumbre, a estigmatizar la protesta y hacer eco casi que exclusivamente a los desmanes de una ciudadanía no organizada. De una vez saltó la propuesta del partido de gobierno de militarizar las ciudades y hacer toques de queda, es decir, proponen atacar las protestas contra el autoritarismo con más autoritarismo. Yo lo único en lo que pude pensar en esos momentos fue en el tweet de cierto Expresidente justificando masacres por parte de la fuerza pública:

Pues, el Expresidente no pudo estar más en lo cierto. Pero no porque sea cierto que se deba justificar una masacre contra protestantes, eso es a todas luces una violación a los derechos humanos y a la Constitución que protege el derecho fundamental a salir a las calles a protestar, sino porque la autoridad salió a masacrar a todos los que participaban – y a los que no – de las manifestaciones en contra de la muerte del señor Javier Ordóñez (Q.D.E.P).

Lo peor en este punto no es sólo que familias hayan perdido a cercanos por culpa de una fuerza pública inhumana y poco cumplidora de la orden que la misma Constitución en su artículo 218, le dio de mantener las condiciones para el ejercicio de derechos y libertades, sino que además se ha dedicado a victimizar e incluso a vilificar a aquellos que tristemente perdieron su vida.

Tanto del Gobierno como del cuerpo de la Policía sólo han salido justificaciones para esas muertes: que, por vándalos, que por desocupados, que la “gente de bien” no estaría en la calle. Y lo más triste es que gran parte de la ciudadanía y algunos políticos, utilizando la misma vía  por las que se convocaron a las movilizaciones, las redes sociales, se han dedicado a hacer eco de esas voces revictimizantes.

En mi opinión, el acto que más demuestra ese punto es el de borrar el mural que la comunidad hizo por la muerte de Julieth Ramírez en uno de los CAI. Pues no solamente la asesinaron con una bala en el tórax, sino que ahora quieren borrar su memoria que con arte algunos quisieron salvaguardar.

A esto sumémosle que la Policía prácticamente le hizo el quite a la alcaldesa, algunos incluso dicen que fue un golpe de Estado a Claudia López con el apoyo de un Gobierno nacional que, a pesar de haber sido llamado por la burgomaestre para llegar a un consenso, se ha dedicado a apoyar al cuerpo criminal. Nada más triste que un presidente vaya exclusivamente a visitar a los policías que fueron heridos y no también a las víctimas civiles, y que cuando le pidan asistir a un evento de perdón y reconciliación deje la silla vacía.

La conclusión es clara: NO MÁS. Basta de muertes y heridos a manos de una fuerza pública que no sigue los lineamientos del orden jurídico colombiano y de la comunidad internacional que ha rechazado con vehemencia lo que está sucediendo en este país, cuyo único fin es el de proteger los derechos y libertades de las personas. Basta de estigmatizar a los manifestantes e incluso a los periodistas que quieren mostrar la verdad en todo el caos.

Este es el momento en el que tanto los ciudadanos, la fuerza pública y el Gobierno tienen que entrar a reflexionar sobre el autoritarismo policial. Al señor presidente que dice que dejemos de estigmatizar a la policía le falta entender que la única forma de que esta institución deje de ser vista por la ciudadanía de esta forma es que NO ASESINE. Espero algún día poder caminar por las calles y no sentir miedo cada vez que paso cerca de un patrullero, sino que, por el contrario, tenga la seguridad que él me va a proteger de la inseguridad que nos tiene azotados, que va a cumplir con su labor de servidor público.

Mi reflexión en últimas es que no es síntoma de ninguna democracia sana que el Gobierno utilice la represión para reprimir el descontento ciudadano, eso sólo es válido en ordenes dictatoriales o cuanto menos autoritarios.

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