Lidio García, presidente del Senado, arma berrinche por el recorte de su jugoso sueldo tras el decreto de Petro que golpea los privilegios del Congreso

El decreto con el que el presidente Gustavo Petro eliminó la prima millonaria de los congresistas desató una tormenta política en el Capitolio, donde ya comenzaron los lamentos por la pérdida de un salario que durante años simbolizó privilegios.

La tijera que durante décadas nadie se atrevió a usar finalmente cayó desde la Casa de Nariño. El presidente Gustavo Petro firmó el decreto que elimina la prima especial de servicios de los congresistas y con ello recorta más de 16 millones de pesos mensuales a un salario que durante años ha sido símbolo de privilegio, desconexión y abuso frente a la realidad de millones de colombianos que sobreviven con ingresos mínimos. La medida, celebrada como un acto de justicia social, desató de inmediato una airada reacción en el Congreso, donde algunos de sus dirigentes no tardaron en salir a llorar por la pérdida de un ingreso que consideraban intocable.

El más estridente fue el presidente del Senado, Lidio García, quien calificó la decisión como un “castigo político” y acusó al Gobierno de enviar un mensaje contra la independencia del Legislativo. En tono de reproche, lanzó una frase que buscó golpear al presidente Petro: “Gustavo Petro recibió durante casi 20 años la prima de servicios como congresista y jamás expresó inconformidad. La cobró en silencio mientras hacía parte del mismo Congreso que hoy cuestiona”. Sin embargo, la prima millonaria fue creada por el gobierno del expresidente Juan Manuel Santos hace 8 años, no hace 20 años como aseguró Lidio. Su queja contrastó con el sentir de amplios sectores ciudadanos que por años han visto cómo el Congreso legisla de espaldas al país mientras protege sus propios privilegios.

García insistió en que el recorte “no es una cruzada de austeridad, sino un mensaje de lo que equivocadamente considera un castigo político contra un Congreso que decidió ser independiente y no someterse al Ejecutivo”, aunque reconoció que acatarán el decreto. Cerró su intervención con un mensaje solemne: “Que quede claro: la independencia del Congreso no se negocia ni se castiga. Seguiremos legislando y ejerciendo control. Eso es democracia, y nosotros somos demócratas”. Para muchos, más que una defensa de la democracia, sus palabras sonaron como el lamento de quien ve reducirse un salario que rondaba los 52 millones de pesos mensuales.

Con la eliminación de la prima creada en 2013, durante el gobierno de Santos, los congresistas pasarán a devengar cerca de 35 millones de pesos, compuestos por un sueldo básico de $12’455.244 y gastos de representación por $22’142.662. El propio Departamento Administrativo de la Función Pública fue contundente al señalar que la remuneración de los parlamentarios “resulta desproporcionada en relación con el ingreso promedio de la población y con la realidad económica del país”, una verdad que durante años el Congreso prefirió ignorar.

Desde el Gobierno, el mensaje ha sido claro. El ministro de Hacienda, Germán Ávila, explicó que la medida busca reducir los costos de funcionamiento del Estado, mientras que el ministro de Trabajo, Antonio Sanguino, fue más directo al afirmar que se trata de “un acto de justicia social que acompaña el aumento del salario mínimo”. Justicia social, justamente lo que Petro ha defendido desde hace décadas y lo que hoy materializa con un decreto que rompe una resistencia legislativa que hundió más de 20 proyectos para bajar los salarios del Congreso.

El decreto de Petro no solo reduce salarios, también desnuda una verdad incómoda: mientras el Congreso ha legislado en múltiples ocasiones contra los intereses de los colombianos, siempre se aseguró de blindar sus propios beneficios. Hoy, por primera vez, un presidente cumple y toca ese intocable bolsillo. Y aunque algunos, como Lidio García, salgan a lamentarse públicamente por la pérdida de su jugoso ingreso, en la calle el mensaje es otro: por fin alguien puso del lado de la gente una decisión que el Congreso nunca quiso tomar.

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