La frase pronunciada por la nueva directora del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, María Carolina Restrepo Cañavera, pone bajo la lupa la manera en que una de las principales entidades de protección de la niñez entiende la participación infantil. “Un niño, lo único que tiene es que jugar”, afirmó la funcionaria durante un recorrido por la sede del ICBF, antes de ordenar retirar un mural en el que aparecía, entre otros mensajes, la expresión “Aquí estuvo la resistencia chiquita”.

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La decisión no tardó en ser cuestionada porque “Resistencia Chiquita” no es simplemente una consigna escrita en una pared como lo quiso hacer ver Restrepo. Es una colectiva de niñas de la ruralidad de Bogotá que utiliza el arte, la danza, el teatro y otras expresiones culturales para hablar de las violencias que afectan a las niñas y adolescentes. La propia institucionalidad pública ha documentado su trayectoria y, en el pasado, el mismo ICBF abrió sus puertas a sus integrantes.
La representante a la Cámara María Fernanda Carrascal cuestionó públicamente a Restrepo en X y defendió el trabajo de las integrantes de Resistencia Chiquita. La congresista recordó que la colectiva nació tras el feminicidio de Yuliana Samboní y sostuvo que proteger a la niñez implica reconocer su voz, capacidad de participación y derecho a expresarse. Carrascal calificó como “adultocentrismo” presumir que una niña no puede pensar, organizarse o tener una opinión propia y afirmó que el ICBF debería “escuchar a las infancias, no borrar lo que tienen que decir”.
¡Se acabó el silencio! Senador Wally lleva al congreso la tragedia del terremoto y exige cuentas al gobierno por las ayudas, los recursos y miles de familias damnificadasY es que el origen de la colectiva está ligado a una de las historias más dolorosas de violencia contra una niña en Colombia. Resistencia Chiquita surgió después del feminicidio de Yuliana Samboní, asesinada en 2016. Las preguntas que surgieron entre otras niñas frente a lo ocurrido terminaron convirtiéndose en una búsqueda de respuestas a través del arte y la participación.
Por eso, el cuestionamiento a las palabras de Restrepo va más allá de una disputa por un mural. El problema está en si una expresión infantil puede ser descalificada como “instrumentalización política” porque contiene conceptos como resistencia o lucha, sin que antes se determine quién creó el mensaje, en qué contexto apareció y cuál fue realmente la participación de los niños y niñas.
La directora observó los mensajes durante una visita a las instalaciones y expresó su molestia por lo que consideró una posible utilización de menores para transmitir posiciones políticas o ideológicas. “¿Cómo usan a los niños? Esto es absolutamente abusivo”, manifestó. Posteriormente preguntó qué podía significar para un menor una frase como “resistencia chiquita” y sostuvo que un niño “lo único que tiene es que jugar”.
El problema para la directora es la eventual instrumentalización. Sin embargo, la información conocida públicamente no demuestra que las niñas hayan sido obligadas a elaborar el mural ni que adultos las hayan utilizado para transmitir un mensaje político. El propio material divulgado alrededor de la controversia deja abierta una pregunta fundamental sobre quién hizo la intervención y bajo qué circunstancias.
Y ahí aparece un dato que vuelve todavía más incómoda la decisión de borrar la expresión. El ICBF ya conocía a Resistencia Chiquita. En noviembre de 2023, el Instituto invitó a integrantes de la colectiva a participar en una jornada dedicada precisamente a las violencias contra las niñas, las adolescentes y las jóvenes. En esa oportunidad, el ICBF presentó su trabajo artístico y destacó el uso del teatro, la danza, la música y la cultura para cuestionar prejuicios y estereotipos.
@carorestrepocan llegó al @ICBFColombia y, por desconocimiento, confundió una expresión de participación infantil con “𝐢𝐧𝐬𝐭𝐫𝐮𝐦𝐞𝐧𝐭𝐚𝐥𝐢𝐳𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐩𝐨𝐥𝐢́𝐭𝐢𝐜𝐚”.
— Concejal Rocío Dussán Pérez (@RocioDussanPer) August 18, 2026
“𝐑𝐞𝐬𝐢𝐬𝐭𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐂𝐡𝐢𝐪𝐮𝐢𝐭𝐚” no es propaganda, es un colectivo de niñas que nació… https://t.co/Z4Mxv3r7d9 pic.twitter.com/ePtM0oRwKK
En aquella actividad, Antonia Gómez, integrante de la colectiva, habló abiertamente sobre lo que significa crecer en un entorno donde las niñas sienten que los adultos no siempre las protegen. Su planteamiento no fue presentado entonces como una amenaza ideológica, sino como una expresión de las preocupaciones de una niña frente a las violencias que las afectan.
El contraste resulta difícil de ignorar. En 2023 el ICBF presentó a las integrantes de Resistencia Chiquita como niñas con capacidad para construir mensajes contra la violencia y utilizó su voz como parte de una jornada institucional. Tres años después, una expresión vinculada con esa misma colectiva es observada bajo sospecha y termina con una orden de retiro del mural.
La discusión tampoco puede reducirse a la idea de que los niños solamente deben jugar. El juego es, sin duda, un derecho fundamental y una herramienta esencial para su desarrollo, pero la legislación colombiana reconoce otros derechos que resultan directamente relevantes en esta controversia.
El artículo 44 de la Constitución establece que los niños tienen derecho a la recreación y a la “libre expresión de su opinión”. Además, el Código de Infancia y Adolescencia reconoce expresamente su derecho a participar en actividades realizadas en instituciones, asociaciones y programas estatales que sean de su interés.
Después de esto, lo mínimo es que la muy desinformada directora del @ICBFColombia, @carorestrepocan, ofrezca excusas al colectivo de niñas Resistencia Chiquita, que nació tras crimen de Yuliana Samboní y usa el arte para denunciar y resistir la violencia contra niñas y jóvenes. pic.twitter.com/NYMUZ595i5
— Laura Ardila Arrieta (@Laura_Ardila_A) August 19, 2026
La Ley 1098 de 2006 va incluso más lejos. Su artículo 30 reconoce el derecho de niños, niñas y adolescentes a participar en la vida cultural y las artes. El artículo 31 establece su derecho a participar en actividades de su interés y señala que el Estado y la sociedad deben propiciar su participación activa en organismos encargados de la protección, cuidado y educación de la infancia.
Por eso, la frase de Restrepo genera una discusión que no debería despacharse con facilidad. Decir que un niño debe jugar no puede convertirse en una manera de negar que también pueda crear, opinar, cuestionar, organizarse y expresarse mediante el arte. La propia normativa reconoce que la niñez no es únicamente receptora de protección, sino sujeto de derechos.
La exdirectora del ICBF, Astrid Cáceres, salió precisamente a defender esa dimensión de la participación infantil. En sus redes sociales explicó que el espacio donde apareció la frase estaba destinado a que los niños y niñas visitantes dejaran su huella como quisieran. “No subestimen la participación infantil y sus criterios”, escribió.
Cáceres también cuestionó que la discusión se concentre en el mural cuando existen niños afectados por la emergencia nacional que requieren atención institucional. Su llamado fue particularmente duro al pedir que se revisen las condiciones de alojamiento y protección de los menores damnificados.
La Secretaría de Cultura de Bogotá también ha reconocido públicamente la trayectoria de Resistencia Chiquita. La colectiva surgió en 2017, está integrada por niñas de la ruralidad bogotana y desarrolló “La niña salvaje”, una obra que utiliza la danza y el teatro para rechazar las violencias contra niñas, adolescentes y mujeres. El proyecto obtuvo además una Beca de Iniciativas de Participación Cultural Infantil del Programa Distrital de Estímulos de 2023.
La nueva directora del ICBF @carorestrepocan dijo que “un niño lo único que tiene es que jugar” y ordenó borrar la huella de Resistencia Chiquita por considerarla instrumentalización política.
— Mafe Carrascal Rojas (@MafeCarrascal) August 19, 2026
Pero Resistencia Chiquita es una colectiva de niñas que nació tras el feminicidio de… https://t.co/u1sQ8dHWEY
Ese antecedente vuelve particularmente relevante la discusión sobre lo que significa “instrumentalizar” a la niñez. Pero si una niña utiliza el arte para hablar sobre violencia, feminicidio, miedo o discriminación, convertir automáticamente esa expresión en una imposición adulta podría terminar produciendo el efecto contrario al que debería buscar una entidad como el ICBF.
La propia política pública colombiana reconoce una concepción más amplia. La Ley 2328 de 2023 habla de participación como un derecho diferencial y reconoce acciones dirigidas a fortalecer la capacidad de agencia de niños, niñas y adolescentes, así como su posibilidad de “expresar decisiones y emitir sus propias opiniones”.
La polémica, entonces, no está solamente en una pared que puede pintarse de nuevo. Está en qué ocurre con el mensaje que había detrás de esa pared. Borrar una frase puede tomar unos minutos, pero borrar la discusión sobre la violencia contra las niñas, el feminicidio de Yuliana Samboní y el derecho de las nuevas generaciones a construir sus propias voces es otra cosa.
El ICBF tiene la responsabilidad de proteger a los niños de cualquier instrumentalización. Pero esa misión también implica evitar el adultocentrismo y garantizar que la protección no termine confundida con silenciamiento. En un país que ha visto demasiados casos de violencia contra niñas y adolescentes, quizá la pregunta más importante no sea qué significa para un niño la palabra resistencia, sino por qué resulta tan incómodo escucharla cuando la pronuncian las propias niñas.





