¡Efraín Cepeda estalla en pataleta! Grita que el petrismo “se le metió al rancho” porque su partido prefirió a Felipe Córdoba

Efraín Cepeda armó su propio drama político al acusar al petrismo de “tomarse” el Partido Conservador, cuando en realidad lo que no soporta es que el aval presidencial podría terminar en manos de Felipe Córdoba y no en las suyas.

El espectáculo que de pronto protagoniza el partido azul suena más a telenovela de alta sastrería política que a un pulso democrático serio. Partido Conservador, que hasta hace poco se presentaba como bastión del centro derecha colombiano, hoy parece cada vez más una caja de resonancia de destapes y conspiraciones internas. Y en el centro del huracán está el veterano senador y precandidato: Efraín Cepeda.

Cepeda, que con una carrera de décadas en el Congreso y varias presidencias del Senado bajo el brazo, hoy es objeto de burlas disfrazadas de indignación. Su voz se alza acusadora contra lo que él denomina una infiltración del petrismo en su propio partido: “No sé por qué bloquear al Partido Conservador sin candidato hasta el 1 de diciembre… esa solicitud está apoyada por las fuerzas petristas del directorio conservador. Lo cual me deja muy intranquilo. Yo he dado las batallas en contra del petrismo.” Algo alarmante para quien asume la dirigencia de una colectividad que, según él, debe seguir firme en su vocación de poder.

Sin embargo, la retórica de Cepeda suena más a drama personal que a defensa ideológica. Porque el motivo real de su queja no es otro que no recibir el aval de su partido tan rápido como él habría querido, mientras otros (por ejemplo, Carlos Felipe Córdoba) ganan terreno en silencio. Sí: ese excontralor que algunos califican de “nuevo fichaje” para la interna, aunque Cepeda insiste en que ni es conservador ni está inscrito, aparece como una amenaza real al dominio que Cepeda pensaba asegurado.

Cepeda no oculta su molestia: “Hoy, sin embargo, el Partido Conservador atraviesa una coyuntura preocupante. Se encuentra asediado por fuerzas petristas y por presiones impresentables que, en una estrategia conjunta, buscan mantenerlo paralizado, dividido o fracturado.” Y ahí lo tiene, el veterano legislador reclamando un partido que cambió de guion sin que lo llamasen a ensayar.

Pero es precisamente este cambio de guion el que convierte su reclamo en una suerte de llanto de poder perdido. Porque mientras Cepeda acusa, otros ven con un dejo de sorna cómo él insiste en mantener una narrativa de “nos robaron el partido” cuando el partido simplemente abrió la puerta a un nuevo jugador. El hecho de que 12 miembros del Directorio hayan pedido ampliar el plazo de precandidatura hasta el 1 de diciembre para permitir la inscripción de Córdoba demuestra que el barco azul navega por aguas distintas a las que Cepeda creía seguras.

Y ahí está la burla: Cepeda clama por principios conservadores, por “vocación de poder” y por que el partido no sea “moneda de cambio”, pero al mismo tiempo se revela como alguien que no quería competir con nuevas figuras, que quería que las cosas siguieran como él las entendía. En otras palabras: que el partido girara en torno a él. Ahora que eso está en riesgo, culpa a otros de “interferencia externa” y se erige en defensor de un ideario tradicional que, en los hechos, ha permitido este acto de “extensión de plazo” que tanto cuestiona.

Por supuesto, desde sus filas conservadoras algunos intentan sofocar el fuego amigo, la colectividad, por ejemplo, emitió un comunicado donde hace un llamado a la prudencia y al respeto institucional ante el impacto mediático del caso. Pero Cepeda ya lanzó su carta: “Voy a dar la batalla por el ideario conservador porque hoy más que nunca entiendo que la viabilidad de Colombia y del Partido están en juego… este Partido… no puede convertirse en instrumento de voracidad política…” Ése es su discurso. El resto lo ve como llanto de quien siente que pierde su tabla de salvación.

Así que cuando alguien pregunte si esto es “un asunto ideológico”, la respuesta probablemente sea “no tanto”. Es un asunto de sillones, calendarios y avales. Y Cepeda lo sabe. Pero la política no perdona a quien ve venir el cambio y decide poner los gritos en vez de adaptarse.

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