El multimillonario “gangazo” en Miami: el negocio que une a Luis Carlos Vélez y a Abelardo de la Espriella

Un lujoso apartamento en Estados Unidos ¿la razón por la que Luis Carlos Vélez le responde a Abelardo de la Espriella?

Por: Ricardo Malagon (@Richimalagons)

Hay frases que envejecen mal. Frases que terminan persiguiendo a quienes las pronuncian.

Por ejemplo, el hoy candidato presidencial Abelardo de la Espriella soltó alguna vez una verdadera joya: la ética no tiene nada que ver con el derecho”. Lo dijo en medio de su defensa al entonces magistrado Jorge Pretelt, protagonista de uno de los peores escándalos de corrupción en la historia de la Corte Constitucional y otro buen muchacho al que ha defendido; como a Mancuso, David Murcia el cerebro de DMG y al testaferro de Nicolás Maduro, Alex Saab.

Pero si hay un oficio que no puede darse ese lujo, es el periodismo. Porque el periodismo no es solo opinión, ni espectáculo, ni streaming con vista al mar. El periodismo cumple una función social. Y cuando esa función se mezcla con intereses privados, relaciones poco transparentes o “gangazos” difíciles de explicar, lo mínimo que se le exige a un periodista es claridad. O, mejor dicho, honestidad.

Por eso, Al Punto trae esta historia.

El reconocido periodista Luis Carlos Vélez nunca ha ocultado —ni tendría por qué hacerlo— su estilo de vida en Miami. En varias ocasiones ha presumido la vista desde su apartamento: mar abierto y a pocos metros de una joya arquitectónica como Villa Vizcaya.

Vélez vive desde hace algunos años en Bristol Tower, uno de esos lugares donde no basta con tener dinero. Hay que ser aceptado. Es, en la práctica, un club privado disfrazado de edificio, donde la exclusividad no es discurso: es filtro.

En 2021, Luis Carlos Vélez y su esposa, Said Karime Char, compraron un apartamento en el piso 22 en Brickell Avenue por 1,2 millones de dólares. Un “gangazo”.

Al Punto investigó y los números del mercado lo confirman: un apartamento idéntico, en el mismo edificio, con el mismo metraje, distribución e incluso el mismo balcón desde donde hoy Vélez transmite sus videos en YouTube, ha estado ofertado por más de 3 millones de dólares.

No es una diferencia menor. Es una brecha que no se explica por acabados, decoración o vista. Es otra cosa.

La pregunta cae por su propio peso: ¿cómo se consigue un negocio así?… La pista está en el vendedor.

El apartamento fue vendido a la familia Vélez-Char por Abeluci LLC, una empresa registrada en Coral Gables. Según documentos oficiales, la sociedad tiene como managers a Abelardo de la Espriella y a Lucía Pineda, su esposa.

Al Punto también tuvo acceso al documento que lo confirma:

Pero hay más. El apartamento ya había estado previamente en venta por más de 2 millones de dólares como se puede ver en Zillow, un portal inmobiliario en línea en Estados Unidos.

Incluso, aún circulan imágenes del inmueble: 35 fotografías que muestran cada detalle. En algunas se aprecia incluso el vestier del entonces propietario: camisas italianas, un sombrero Panamá y mocasines listos para usar sin medias.

Usted puede ver las 35 fotografías del inmueble haciendo click AQUÍ.

En la sala, además de una muy colombiana María Mulata —esa ave representativa del caribe colombiano —aparece la fotografía de la familia que habitaba el lugar.

A estas alturas, ya no estamos hablando sólo de un apartamento. Estamos hablando de una relación. De un vínculo. De una transacción entre un periodista influyente y un abogado y hoy candidato presidencial con intereses propios.

Entonces la pregunta es inevitable: ¿fue esto transparente?

¿Es ético que un periodista que opina, critica y editorializa diariamente contra el gobierno de Gustavo Petro —tema central de campaña para varios candidatos, porque no tienen más —tenga este tipo de negocios con figuras políticas sin ponerlo sobre la mesa?

¿Dónde queda el conflicto de interés?

Y este no es un caso aislado. En el ecosistema mediático colombiano empiezan a aparecer escenas que, como mínimo, exigen explicaciones. ¿Qué hace Juanita León, directora de La Silla Vacía, esa misma que se ha negado a revelar la financiación que las empresas de su familia le han hecho al Centro Democrático, participando en una reunión con el equipo de Paloma Valencia y representantes del Banco Santander? ¿Dónde termina el periodismo y dónde comienza la cercanía con el poder político y económico?

Y en esa misma línea, ¿qué implica que Vicky Dávila, tras asumir una postura política abierta uribista e incluso aspirar a la Presidencia, regrese a trabajar en un medio como Revista Semana? ¿El mismo medio cuyo dueño le financió más de 2.000 millones de pesos para que persistiera en su loca aventura política? No se trata de prohibir trayectorias, sino de exigir claridad: cuando las fronteras entre periodismo, política y poder se desdibujan, la pregunta ya no es menor. Es de fondo: ¿quién informa y desde dónde lo hace?

Ahora, no se trata solo de que Luis Carlos Vélez dé gracias a Dios por un apartamento de lujo. Se trata de reconocer que ese “gangazo”, proveniente de Abelardo de la Espriella y su entorno, hizo posible esa adquisición y cómo eso influye en sus opiniones.

Porque entonces surgen vaaarias preguntas, más incómodas claro: ¿qué tan objetivo puede ser el cubrimiento de alguien que recibe un beneficio de este tamaño?

¿Puede un periodista mantener plena objetividad al opinar sobre alguien con quien ha tenido un posible beneficio económico relevante?

¿Ha favorecido el cubrimiento de campaña presidencial de Luis Carlos Vélez la visibilidad de Abelardo de la Espriella en el escenario electoral?

Hoy, desde su canal de YouTube, Luis Carlos Vélez parece dar respuesta a esa pregunta, pues se ha encargado de darle pantalla, amplificar y posicionar a Abelardo de la Espriella.

Al final, esto no es solo una historia sobre un apartamento ni sobre un negocio inmobiliario atípico. Es una discusión de fondo sobre la credibilidad del periodismo. Porque cuando un periodista establece relaciones económicas con un actor político al que luego cubre o amplifica, la independencia deja de ser un principio garantizado y pasa a convertirse en una pregunta abierta.

Y en un oficio cuya base es la confianza pública, esas preguntas no son menores. Son esenciales.

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