¡Imperdonable! Uribe puso en riesgo la vida del congresista electo, Hernán Muriel, y borró con sus propias manos un mural que recordaba a víctimas de falsos positivos

Álvaro Uribe Vélez llegó con brocha en mano para borrar un mural dedicado a las víctimas de los falsos positivos en Llanogrande. La escena desató indignación porque el expresidente no solo tapó un mensaje de memoria, sino que además lanzó fuertes señalamientos contra Hernán Muriel e Iván Cepeda, mientras familiares y colectivos reclamaban verdad por miles de jóvenes asesinados.

El episodio ocurrió en Llanogrande, Antioquia, cerca de la finca del expresidente, donde familiares de víctimas, organizaciones sociales, colectivos artísticos, defensores de derechos humanos y medios alternativos participaron en una jornada de memoria alrededor de las ejecuciones extrajudiciales. El mural hacía referencia a la cifra de 7.837 víctimas, un número estremecedor asociado a los falsos positivos y a los procesos de verdad que han sacudido durante años la historia reciente del país. Pero lo que fue organizado como una intervención artística terminó convertido en un nueva afrenta política del uribismo contra las víctimas.

Hernán Muriel, representante electo a la Cámara por Antioquia por el Pacto Histórico y fundador de Cofradía para el Cambio, estuvo en el lugar y aseguró que la actividad se realizaba “a 300 metros de la casa de Uribe” como un acto de pedagogía de la memoria. En el material difundido, Muriel afirmó que estaban allí con organizaciones sociales, víctimas, defensoras de derechos humanos y familiares de personas desaparecidas. “Estamos desde la paz y el arte haciendo pedagogía de la memoria”, dijo, mientras pedía respeto por el derecho a la memoria, la libertad de expresión y la movilización social.

La reacción de Uribe fue inmediata y cargada de señalamientos. El expresidente escribió que había suspendido su agenda en Medellín para regresar a su casa porque, según él, un grupo numeroso se había agolpado cerca de la puerta. Pero el mensaje no se quedó ahí. Uribe señaló directamente a Muriel y dijo que era un parlamentario “elegido también por votos impuestos por el terrorismo”. Además, aseguró que la supuesta actitud hostil contra su residencia era una “provocación de la violencia muy propia de Cepeda”, a quien llamó “solapado escondido en el eslogan de la paz”.

La gravedad del episodio no está solo en la pintura blanca sobre una pared. Está en que el jefe natural del Centro Democrático volvió a usar el lenguaje de la estigmatización contra un congresista electo, contra un candidato presidencial y contra personas que estaban participando en una actividad de memoria. Para sectores progresistas, organizaciones de derechos humanos y familiares de víctimas, ese tipo de acusaciones no son simples opiniones políticas. Son señalamientos peligrosos que pueden poner en riesgo a quienes defienden la verdad sobre uno de los capítulos más dolorosos del país.

Luego llegó la imagen que encendió las redes. Uribe apareció con brocha en mano borrando el mural. La escena fue interpretada como un acto de censura y revictimización. Mientras las víctimas buscaban recordar a jóvenes asesinados y presentados falsamente como guerrilleros dados de baja en combate, el expresidente decidió tapar el mensaje. Madres, familiares y colectivos intentaban sostener la memoria, en tanto el líder del uribismo respondió con pintura blanca y censura. Para muchos, esa imagen resume una disputa profunda entre quienes quieren hablar de los falsos positivos y quienes prefieren cubrirlos, minimizarlos o sacarlos del debate público.

El propio Uribe publicó un video en el que afirmó que encontró “una gran cantidad de personas protegiendo unos pintores” y que eso, según él, buscaba afectar a su persona y a su familia. “A mí primero me tienen que matar que venir a maltratar a mi familia o venir a mi casa”, dijo. Después aseguró que había empezado a borrar el mural y pidió al Centro Democrático actuar con “mucha calma” pero también con “mucha firmeza”. La frase más inquietante fue cuando afirmó que donde los fueran a “agredir” en Colombia había que “enfrentarlos”.

Los organizadores han insistido en que la actividad no ocurrió dentro de la propiedad privada de Uribe ni sobre los muros de su casa. Según los registros difundidos, el mural estaba en una zona cercana, no en la residencia del expresidente. Esa diferencia es clave porque desde sectores del uribismo se intentó instalar la idea de que las víctimas habían ido a hostigar a su familia. Sin embargo, los videos muestran una jornada con camisetas, rostros de víctimas, expresiones culturales y mensajes de memoria. No era un ataque armado. No era una invasión. Era una acción simbólica frente a una herida histórica que el país todavía no cierra.

La tensión creció con la presencia de figuras del Centro Democrático. En el material compartido se menciona al concejal de Medellín Andrés Rodríguez, conocido como El Gury, señalado por sectores progresistas por usar un bate como símbolo de intimidación política. También se menciona a Julia Correa, senadora electa del Centro Democrático, quien apareció respaldando a Uribe y repitiendo la versión de que habían llegado a intimidarlo. Para quienes estaban en la actividad, la presencia de estos dirigentes aumentó la confrontación y convirtió una jornada de memoria en un pulso político cargado de hostilidad.

Paloma Valencia también entró en la controversia. La candidata del Centro Democrático afirmó que Hernán Muriel habría dicho que no podía retirarse hasta hablar con Iván Cepeda y sugirió que Cepeda incitaba a la violencia. Muriel respondió de manera directa y le pidió no mentir, no desinformar y no revictimizar. “Todo lo que dice es mentira”, le escribió, al tiempo que aseguró que lo ocurrido demostraba que esa corriente política debía cambiar sus formas, dejar de pelear por la muerte y apoyar la vida y la memoria.

El presidente Gustavo Petro también reaccionó y defendió la protesta de las víctimas. El mandatario afirmó que “un mural no es una amenaza”, una frase que golpeó el centro del debate. Para el petrismo y para sectores defensores de derechos humanos, pintar una cifra no puede ser tratado como terrorismo. Recordar a los muertos no puede presentarse como agresión. Exigir verdad no puede convertirse en una excusa para señalar, intimidar o borrar. El mensaje de Petro puso el foco en lo esencial. La memoria no es una provocación, es un derecho.

El episodio deja una imagen demoledora para Uribe y el Centro Democrático. En plena campaña presidencial, mientras Iván Cepeda insiste en hablar de paz, víctimas y verdad, el uribismo aparece otra vez enfrentado a un símbolo de memoria sobre los falsos positivos. La escena de Uribe borrando el mural no solo provocó rechazo. También reactivó una pregunta incómoda para la derecha colombiana. ¿Por qué les molesta tanto que las víctimas pinten, recuerden y nombren lo ocurrido?

La pintura blanca pudo cubrir la pared, pero no borró la cifra. No borró los nombres. No borró a las madres. No borró los expedientes. No borró la historia de miles de jóvenes asesinados y presentados como bajas en combate. Al contrario, el intento de tapar el mural terminó amplificando el mensaje. Uribe quiso borrar una imagen, pero terminó dejando otra mucho más fuerte. La del expresidente que, con brocha en mano, volvió a quedar del lado contrario de las víctimas.

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